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Arriesgando la vida ‘colgado’ de un micro


Fernando Soria Sejas

Salgo temprano al trabajo, bien peinado y con los zapatos lustrados. Todo listo. Llegaré temprano, pienso. Hoy no me llamarán la atención.... Pero esa hipótesis se desvanecerá pronto.
07:30 de un lunes cualquiera. Salgo a la calle y en la esquina ya hay una docena de personas esperando micros, de todas edades, tamaños, colores. Hombres, mujeres y niños.
Una señora, de uniforme, profesora, mira su reloj. Hace una mueca. Como la conozco la saludo y paso de largo hacia el puente que hay en la avenida Intercontinental, que sale a ser el octavo anillo de la Virgen de Luján. Por allí pasan las líneas 27 rojo y azul y la 25 rojo y verde. Cuatro opciones.
Pero ahí también hay otro buen grupo de personas. Tres señoras con tres niños y una adolescente. Bromean para pasar el rato. Yo me quedo parado a varios metros observando y escuchando sus bromas. Se aproxima un micro y pese a haber espacio, pasa rápido y nos llena a todos de polvo. No para. Mis zapatos siguen lustrados pero por debajo de una capa de fino polvo. Mi pelo no puedo verlo pero lo imagino ya sucio.
Una de las mujeres lanza un insulto al conductor (cara de n....), le dice. Seguimos esperando.

Insultados, pero necesarios... Como los Árbitros
Escucho las frases de las tres mujeres: Son unos atrevidos, hacen lo que les da la gana, y lo peor que una depende de ellos, son unos brutos y una larga lista de etcéteras. Por supuesto están refiriéndose a los choferes de micro, más conocidos como ‘micreros’, tan odiados, vituperiados y a la vez tan necesarios como los árbitros de fútbol.
Viene la 27 azul, desde una calle opuesta. Toda la trulla que esperamos el micro nos movemos expectantes. Pero a los pocos segundos, nos resignamos a seguir esperando, por más que el micro aún no llega hasta el puente donde estamos esperando. Desde lejos se ve como a cuatro personas colgando. Un estudiante adolescente, dos jóvenes que tal vez irán a trabajar a alguna empresa del Parque Industrial y una mujer. De entre todos, me da más pena por la mujer, una señora asida del fierro que separa la puerta de la ventana. Temo que vaya a caer. El micro se aleja dejándonos otro poco de polvo.
Esta vez no hay insultos para el conductor. No había dónde poner un pie.
Las mujeres, que rondan los 50 años, siguen esperando. Una de ellas dice: “Y así quieren subir el pasaje, si lo llevan a uno como chancho”.
Me le acerco y les pregunto hace cuánto están esperando y una de ellas (al final le pregunto su nombre y me entero que se llama Gladis), me dice que “Uhhh”, que como 15 minutos y que el que pasó era el cuarto micro que las dejaba.
Aparece la línea 25 roja, con dos estudiantes y un obrero (tiene pinta de obrero), colgados del barrote sobre la puerta. Pasa de largo lentamente. La gente que va sentada en el micro mira a través de la ventanilla, algunos con lástima, otros sintiéndose afortunados de estar viajando sentados.
Ya son las 07:48 y mi intención de llegar quince minutos antes de la entrada a mi trabajo, se va diluyendo.
¿Cómo cree usted que debería ser el transporte público? Le pregunto a doña Gladis (aunque todavía no sabía que se llamaba Gladis ni ella sabía que estaba siendo entrevistada para esta nota). Me responde: “Deberían puej pasar los micros más seguido sobre todo a las horas pico, para no llevar la gente colgada como monos y todos apretados. Además que los choferes son unos atrevidos, les interesa nomás agarrar la plata y no les importa cómo van los pasajeros. Y cuando están atrasados si les da la gana paran, sino, no”.
Su amiga (Felicia, me dice que se llama), interviene , mientras veo a la profesora que saludé en la esquina de mi casa que llega hasta el puente para sumarse a los que ahí esperamos. Pero no se suma, se pasa y sospecho que va a caminar las ocho polvorientas cuadras hasta la Virgen de Luján, tal vez a tomar un taxi por lo menos hasta el cuarto anillo.
Doña Felicia dice: “A los dueños no les importa dar un buen servicio, les importa la plata nomás. Ellos deberían tener más consideración con uno porque viven de nuestros quintos, deberían tratarnos bien, pero realmente hacen lo que les da la gana”.
Aparece otra 27 roja, son las 08:08 según mi reloj. “Me voy a colgar señora.. cómo se llama”, le pregunto. Gladis me dice y agrega que ellas también van a intentar subir porque el micro no está muy lleno.
Cuando llega a nosotros, para y hay campo sólo en la pisadera. Como pueden los niños suben y se escabullen entre la gente parada amontonada en el pasillo y las tres señoras también. Yo voy colgado y una de ellas en la pisadera al borde de la puerta.
El micro avanza como un buey lento primero y luego en el asfalto toma impulso. “No te metás pues por el agua”, le grito al chofer. Ya me regó barro al pantalón. El viento me despeina y el tierral se me impregna en el cara y el cuello. Salimos a la avenida y ahí bajan unas cuantas personas que me pisotean los zapatos. Cuando estoy abajo con la mano en la agarradera, el chofer hace rugir el motor con el acelerador para que me suba rápido nuevamente y ni bien pongo un pie en la pisadera, arranca.
Llego al trabajo, ingreso, pongo mi huella en el reloj de la entrada que marca 08:27. En un horario fuera de la ‘hora pico’, podría haber hecho el mismo recorrido en menos de quince minutos.
Llegué dentro del horario permitido, despeinado, sudoroso, con los zapatos sucios y los botapiés del pantalón llenos de barro. Llegué dentro del horario, pero eso fue posible porque me vine colgado del micro, arriesgando mi vida, como muchísimas personas en esta ciudad con un pésimo sistema de transporte.
Pienso que mañana debo traer una escobilla para zapatos y dejarla guardada en un cajón de mi escritorio.

En las “hora pico” los ciudadanos de los barrios alejados de la ciudad se ven obligados a ir colgados de las puertas de los micros.

 
 
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